Alivio

Imagen de Eva tras una mesa informativa con carteles en el frontal entre los que figura uno de la Asociación Asperger de Baleares

editor

18 Febrero, 2026

Derechos

Durante muchos años supe que algo en mí era distinto, pero no tenía palabras para nombrarlo. Crecí siendo “demasiado sensible”, “demasiado intensa”, “demasiado rara”. Aprendí pronto a observar, a imitar, a camuflar. Nadie veía el esfuerzo que suponía cada interacción social, cada cambio de rutina, cada ruido que me atravesaba como una aguja. Yo solo veía que el mundo parecía tener un manual de instrucciones que a mí no me habían dado. 

Ser mujer hizo que el autismo pasara aún más desapercibido. Cumplía, rendía, sonreía cuando tocaba. Por dentro, sin embargo, vivía en un estado de agotamiento permanente. Llegaba a casa rota, sin entender por qué lo que para otros era cotidiano a mí me dejaba sin energía para nada más. Durante mucho tiempo pensé que el problema era mi carácter, mi capacidad de adaptación o que, simplemente, no era suficiente. 

El ámbito laboral fue especialmente duro. La sobrecarga sensorial, las normas sociales no escritas, la necesidad constante de anticipación… todo se convertía en una carrera de obstáculos diaria. Cambié de trabajos, dudé de mí misma, acumulé ansiedad. Intentaba ser como los demás, sin saber que ese esfuerzo continuo tenía un precio altísimo para mi salud. 

El diagnóstico llegó tarde, pero llegó. Y con él apareció algo que no esperaba: alivio. No era defectuosa. No era vaga. No era exagerada. Era una mujer autista que había sobrevivido muchos años sin comprensión ni apoyos adecuados. Entender mi funcionamiento me permitió empezar a cuidarme, pedir adaptaciones, poner límites y acceder a terapias que, por primera vez, tenían sentido para mí. 

Además, el reconocimiento de la discapacidad fue una llave fundamental. No cambia quién soy, pero sí abre la puerta a recursos imprescindibles para poder sostener la vida diaria. Poder acreditar la discapacidad significa poder acceder a ayudas, a servicios, a acompañamientos profesionales y a medidas de protección laboral y social. No son privilegios: son herramientas para sobrevivir en un entorno que muchas veces no está diseñado para nosotras. 

Por eso es tan importante que se reconozca la discapacidad psicosocial. Porque muchas limitaciones no se ven a simple vista, pero condicionan profundamente nuestra participación, nuestra autonomía y nuestra salud. Sin ese reconocimiento, demasiadas personas seguimos quedando fuera de los sistemas de apoyo. 

El después del diagnóstico no borró las dificultades, pero transformó la mirada. Cambió la forma de hablarme, de perdonarme, de reconocer mis necesidades sin culpa. También me dio una historia que encajaba, un hilo que unía piezas que siempre habían estado sueltas. 

 

Ser madre de una hija con autismo añadió otra capa de complejidad. Acompañarla mientras yo misma aprendía a entenderme ha sido, a la vez, el mayor reto y el mayor motor. Porque quiero para ella algo que yo no tuve: comprensión temprana, apoyos adecuados y la seguridad de saber que no tiene que fingir para ser aceptada. 

 

Hoy sé que el diagnóstico tardío deja cicatrices, pero también abre puertas. La puerta al autoconocimiento, a la comunidad y, sobre todo, al derecho a vivir siendo quien realmente eres, con los apoyos necesarios para hacerlo posible. 

Eva García Socías.

 

Compartir: