El fantasma de la tartamudez

Cartel en el que se lee Día de la Tartamudez

22.Octubre.2019

Historias personales

Cuando recibí la noticia, me quedé paralizado. No sabía qué decir. Me quedé sentado frente al director de Recursos Humanos y cogí mi carta con las manos temblorosas. Respiré profundamente, traté de contener el llanto para no hacer el ridículo y con la voz entrecortada me despedí. Salí del despacho preguntándome por qué ahora, con mi hijo pequeño aún y mi mujer convaleciente tras una cirugía. 
 
Ese día no quería volver a casa. No quería mirar a los ojos a mi mujer. Deseé, incluso, que el Metro no llegara a mi destino o que un enorme agujero en el asfalto me tragara para siempre. Necesitaba despertar de esa pesadilla que sentía cada vez más real. 
 
Y de nuevo, como en otras etapas anteriores de mi vida, se presentó ante mí el fantasma del miedo, del terror, del desempleo, del subsidio, de mi tartamudez. Sí, de mi tartamudez, que como un espectro en la retaguardia se presenta ante mí real, riéndose a carcajadas de mis miserias y de mí mismo. 
 
En los momentos críticos de mi vida pienso en la tartamudez como un gigante vestido de negro apuntándome con el dedo sin piedad, sin compasión y riéndose de mí en cada repetición, en cada bloqueo, en cada frase entrecortada. Y a veces ese gigante me puede, me hunde,  aniquila lo más profundo de mi ser.  Y sufro. Sufro mucho, como muchas personas con tartamudez que como a mí les cuesta aceptar sus disfluencias  y  lloran, sin que la sociedad repare en ello muchas veces. Sin que la sociedad nos deje tiempo para hablar. 
 
Tras el cierre de la empresa perdí el contacto con muchos compañeros. Supe que la mayoría de los informáticos del departamento en el que yo trabajaba encontró empleo en pocas semanas. A mí me costó mucho más. Enfrentarme a las entrevistas de trabajo no fue tarea fácil y a eso se sumaba mi edad, ya que rondaba los 44 años. 
 
Recuerdo con tristeza muchas entrevistas en las que al escucharme hablar me preguntaban si tenía el certificado de discapacidad reconocido, así se podrían desgravar por mí. Y una vez más, volvía el miedo y la frustración. En cada fracaso, ese gigante vestido de negro se hacía cada vez más poderoso, alzaba su dedo cruel frente a mí y me hacía sentir pequeñito, indefenso y perdido. El miedo a hablar en las entrevistas agarrotaba mis músculos y me paralizaba. Llegué al límite de mis fuerzas, ya no tenía voz. 
 
Una tarde, jugando con mi hijo pequeño, me cogió de la mano y me dijo: “Papá, te quiero mucho. No te rindas”.  Aquel instante fue un punto de inflexión en mi vida. Mirando su carita me di cuenta de todo lo que debía luchar por él y por mí mismo.
 
Soy una persona con tartamudez, SI, pero comprendí que ante todo soy una persona, un luchador, diplomado, con experiencia laboral de muchos años y con ganas de vivir y de salir adelante. 
 
Seguí yendo a diferentes entrevistas y logré entrar en una empresa maravillosa en la que, afortunadamente, aún continúo. Y ese gigante, aunque a veces sale de entre las sombras para tratar de amedrantarme, se va convirtiendo en un enanito sin fuerza para aplastar mis sueños, mis ilusiones y mis ganas de vivir. 
 
Persona con tartamudez
 
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