Vivir y sobrevivir

Imagen de Hermógenes y Marta

04.Febrero.2020

Historias personales

Soy Marta. Quiero con este relato hacer un homenaje a mis padres y a mi hermano que se enfrentaron al cáncer sobre todo con valor y fortaleza. 
 
Mi padre, Hermógenes, falleció el día de Navidad por un cáncer terminal que desde el primer momento supimos que no tenía cura. Sea dicho de paso que sé que fue ese día porque él era tan especial que no podría haberse ido en uno cualquiera. 
 
Quería relatar aquí cómo su actitud para enfrentarlo nos ha servido para continuar nuestra vida sin tristeza y disfrutando cada día sin más, sin pensar en el pasado que ya no volverá, ni preocuparse por el futuro que es impredecible. Quería relatar cómo él luchó con lo único que pudo, que fue su mente. 
 
Mi hermano en ese momento estaba también en pleno proceso de curación, afortunadamente, del mismo cáncer que mi padre. Él también lo asumió con la fuerza y entereza que siempre vio en casa ante las adversidades. Mi padre estuvo todo el rato apoyándolo a su lado, y de repente le apareció a él, parecía una broma pesada, pero la realidad superaba la ficción. Desde el momento cero supimos que como era una persona con un trasplante de corazón no tenía opciones, puesto que la quimioterapia y la radioterapia eran incompatibles por eso. A él solo le quedaba disfrutar hasta que su cuerpo aguantase.
 
Entonces él nos reunió y nos empezó a concienciar de que había que aceptar lo que la vida te enviaba y que en su caso se quedaba con que gracias al corazón que le llegó seis  años antes pudo ver crecer a sus nietos y ayudarnos a nosotros, pero que ahora la vida había decidido que su lugar ya no estaba en la tierra. Que nos tocaba a nosotros relevarle y luchar y disfrutar cada día de nuestra vida como él lo hizo siempre y más aun pensando que él ya no podría hacerlo. Sobre todo con una sonrisa que jamás perdió a pesar de las adversidades. 
 
Yo en los últimos días que estuve a su lado le cogí el relevo de la sonrisa y de la fuerza de su corazón digamos que como prestada hasta que algún día nos volvamos a ver. Esta actitud nos ha ayudado a que después notemos su ausencia, sí, pero lo recordemos con alegría, honrándolo como nos pidió con entereza y sin tantas lágrimas, puesto que como hijos habíamos cumplido en vida y ahora solo nos tocaba que nos viera felices, y qué menos que hacerlo como ejemplo de cómo él lo hizo en su vida. 
 
Quiero reseñar que esa actitud fue muy distinta a la que tuvimos nueve años atrás, cuando nuestra madre falleció por un cáncer metastásico de origen desconocido al que también se enfrentó con honor y gran valentía, pero que no pudo vencer. Ella luchaba cada día pero nunca se hablaba abiertamente de la enfermedad, y el miedo era aterrador. Con lo que cuando ocurrió el horrible desenlace, yo sobre todo no elaboré el duelo como correspondía , ya que lo negaba y evadía, haciendo cosas para llenar ese vacío y evitar enfrentarme con ello. Pero después de años la vida me paró y me tuve que enfrentar. Fueron años muy duros donde mi alma estaba siempre triste y digamos que sobrevivía. 
 
Por eso ahora decidí vivir y no sobrevivir solamente, en honor a ellos, para que allí donde estén se sientan más orgullosos aun de lo que lo estaban de nosotros. 
 
Así que mi consejo es que cuanto más se normalize la situación y se expresen todos los sentimientos que acompañan a la enfermedad, mejor se enfrentará durante y después, sea cual sea el desenlace. Y al final aprenderás, a pesar de todo, a agradecer.
 
 
Marta Fernández González,
hija y cuidadora de un enfermo terminal
 
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