Un curso que da sentido a la inclusión en la universidad

Foto de grupo de los estudiantes

04.Junio.2021

Formación

Hace casi cinco años emprendimos, con mucha ilusión y bastante incertidumbre, el Proyecto que impulsa Fundación ONCE y que nos permitió incluir a 15 jóvenes con discapacidad intelectual en la universidad.

Hablamos de inclusión real, de una experiencia en la que los jóvenes no sólo acuden a la universidad, sino que también participan en ella, tienen relaciones significativas, aprenden y disfrutan. A día de hoy, aún mantenemos muy activos los chats con los alumnos de cada curso, que creamos para poder comunicarnos y compartir algunas noticias ‘más o menos’ relacionadas con el curso, eso sí, con límite de hora de descanso; de esta manera seguimos en contacto con ellos, pero más allá de formar parte de un grupo más, significa para nosotros que hemos creado un vínculo y que su paso por la Universidad ha dejado un poso para todos.

Esta experiencia de inclusión ha dado más sentido a nuestro trabajo como docentes, hemos visto cómo profesores que nunca habían tenido relación con alumnos con discapacidad intelectual, después de esta experiencia, han adquirido nuevas competencias docentes, nos hemos sabido adaptar y nos hemos sentido recompensados.

Para la universidad, más concretamente para la facultad, ha supuesto un soplo de aire fresco, una oportunidad de aprender desde la realidad, que ha transformado la mirada hacia la discapacidad, especialmente en nuestro alumnado.

Nos ha resultado muy fácil acudir a un aula, donde te esperan 15 jóvenes motivados, con ganas de aprender, casi siempre con una sonrisa, aunque algún día lleguen algo ‘torcidos’; pero siempre expectantes y abiertos a cada propuesta. Al salir del aula nos sentíamos contentos, y esto en la docencia se agradece mucho.

Si nos preguntáis por una impresión general cuando los profesores terminan de impartir su clase con el Grupo de expertos, es la de su cara de satisfacción. Estamos seguros de que nosotros también salimos con esa expresión en nuestro rostro.

Además, ha sido una experiencia única (así la han definido) para nuestros alumnos de pedagogía y de educación social, que han integrado a estos alumnos en sus grupos de trabajo, han aprendido a valorar la diferencia y han conocido a unos jóvenes que, como ellos, tienen los mismos gustos y aspiraciones, que les gusta el rap, salir a tomarse algo, echarse novia e ir al cine, y que son capaces de aprender juntos y de aprender unos de otros.

Pero estamos convencidos de que esta experiencia ha sido para los alumnos con discapacidad un punto de inflexión en su vida; ir a la Universidad ha supuesto para muchos de ellos mejorar su autoestima. Ser universitario no solo es recibir formación, tener su tan ansiado carnet universitario; realizar actividades y prepararse para mejorar sus competencias laborales.

Si hemos logrado estos objetivos, estamos satisfechos, y si hemos subido un poco la tasa de inserción laboral, habremos conseguido uno de los puntos centrales del programa.

Pero, cumplir una expectativa casi imposible como la de ir a la Universidad, mejorar su empoderamiento cuando vemos que se presentan a oposiciones, o buscan empleo, o escriben un manifiesto de los derechos de las personas con discapacidad y lo presentan a la prensa, o cuando un alumno presenta un proyecto de stop Bullyng en los centros escolares ante cientos de estudiantes, va más allá de los objetivos que pensábamos que podíamos alcanzar cuando en 2017 nos presentamos por vez primera a la convocatoria.

Nos hemos propuesto que este sea un curso desde el éxito para todos, que no se sientan juzgados ni por sus diferentes capacidades ni por su nivel de competencia en las tareas, y desde el éxito para los profesores y para toda la comunidad, que cada vez ve más ‘normal’ que alumnos con capacidades tan diferentes compartan espacios y actividades en un entorno como este.

Raquel de la Fuente Anuncibay

y José Luis Cuesta Gómez,

Universidad de Burgos

 

 

 

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