Convivir con el cáncer
Cuando te dicen que tienes cáncer, todo cambia. No siempre de golpe, pero sí para siempre. Cambia la forma de mirar el tiempo, el cuerpo y el futuro. En mi caso, el diagnóstico llegó cuando tenía 41 años y tres hijos entrando en la adolescencia. Recuerdo con claridad la sensación de vértigo, pero también la soledad que sentí después, cuando el ruido inicial se apagó y tuve que empezar a convivir con la enfermedad en silencio.
Convivir con el cáncer no es solo atravesar un tratamiento. Es aprender a vivir con la incertidumbre, incluso cuando las cosas van bien. Es escuchar un cuerpo que ya no responde igual, aceptar un cansancio que no siempre se ve y gestionar miedos que rara vez se dicen en voz alta. Desde fuera, puedes parecer “recuperada”, pero por dentro sigues adaptándote a una nueva normalidad.
La vida continúa, aunque no sea igual. Sigues siendo madre, pareja, trabajadora, amiga. Sigues tomando decisiones y ocupándote de los demás, muchas veces intentando proteger a tu entorno cuando, en realidad, también necesitas que te cuiden. A menudo, lo más difícil no es el tratamiento en sí, sino todo lo que viene después: el miedo a la recaída, la sensación de fragilidad, la necesidad de reconstruirte poco a poco.
Muchas de las secuelas del cáncer son invisibles, y eso las hace más difíciles de explicar. Por eso, el acompañamiento es tan importante. No solo durante la enfermedad, sino también cuando termina el tratamiento y parece que todo debería volver a ser como antes. En ese momento, contar con información clara, apoyo emocional continuado y comprensión por parte del entorno marca la diferencia.
Y no podemos olvidar a las familias. Ellas acompañan, sostienen y viven el proceso desde otro lugar, muchas veces relegando sus propias emociones para ser apoyo. También necesitan ser escuchadas y cuidadas.
Convivir con el cáncer es aprender a escucharte de otra manera. A aceptar que hay días buenos y días más difíciles, y que ambos forman parte del camino. A entender que pedir ayuda no es una debilidad, sino una forma de cuidarte. Y que, incluso en los momentos de mayor incertidumbre, sentirse acompañada puede marcar toda la diferencia.
Begoña Barragán,
paciente con cáncer
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